Se piensa a veces que para escribir hay que tener algo muy importante que contar. Esta idea lleva a otra según la cual para escribir hay que vivir experiencias extraordinarias, es decir, viajar a China, Francia o Noruega, escapar corriendo de un asesino, hacer el amor con tres personas a la vez, subir una montaña, bajar de una montaña, ser aplastado por una montaña. Ninguna de esas aventuras garantiza una buena escritura. Basta examinar brevemente qué libros nos gustaron y cotejarlos con la biografía de sus autores para descubrirlo. La escritura se resuelve en sí misma. Su arcilla son las palabras, los signos de puntuación, la musicalidad. Todo lo demás aporta poco y nada. Desde una habitación silenciosa y desamueblada puede alumbrarse el texto más hermoso. Para hacer una mesa sólo hay que saber cómo trabajar la madera, el papel de lija, el diseño, las sierras, los encastres, el encolado. Para escribir un poema, un cuento, una obra de teatro o una novela hay que limitarse a pegar el culo en la silla, como se dice, y trabajar hasta el fin con las palabras.
L.
miércoles, 29 de febrero de 2012
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