Giovanni siempre me prometía
tortugas. Yo le creía porque no había remedio. Era, además, la única razón que
teníamos los dos para salir a cabalgar hacia el río sin levantar sospechas de mis
padres. El origen de todos los males eran los mosquitos y el riesgo de que
apareciera una culebra que asustara al caballo, tumbara a la niña y obligara
al niño a rescatarla, a montarla en su yegua y a pedirle que se aferrara a su cintura. Era necesario llegar pronto, antes de que la creciente alertara a
las tortugas y entonces ellas desaparecieran. “Y ya sabe, ya sabe niña, que si
las vemos no hay opción distinta a que yo le de un beso”. Así que yo
rezaba para que asomara una culebra y la historia terminara mal. Pero nunca
se cumplían mis plegarias. Nos sentábamos a la orilla del río mientras que él
me explicaba cómo podía identificar a las tortugas. Y luego, cuando notaba que lo
único que hacía era mirarlo, se levantaba y trepaba a un árbol de guayabas para
tomar los frutos pequeños y dulces. Los lanzaba y permanecía allá arriba,
haciendo ruidos de pájaros. Y yo abajo, comiendo porque daba igual a no comer,
pensando que algún día él dejaría de actuar como un niño de 12 años y empezaría
a actuar como uno de 13, más maduro y seguro de sí mismo. Cuando el cielo
adquiría un tono rosa, Giovanni bajaba y me daba una orden. “Es hora de regresar,
niña, porque su papá puede estar preocupado. En otra ocasión será”. Ya me había
acostumbrado a su tono amargo al terminar la jornada. Por eso no le respondía.
Me levantaba, montaba en el caballo sin su ayuda y salía al trote. Pero el
camino era largo y daba miedo. Empezaba a frenar al animal poco a poco hasta
sentir la presencia de Giovanni como la de Tánatos, con su batir de alas, la
espada sujeta al cinturón y la intención, quizás, de liberarme del tedio. Al
llegar a la estancia yo le daba las gracias, le ofrecía mi mano y él la tomaba
con delicadeza. Nos mirábamos a los ojos, los de él grandes y negros, los míos pequeños
y cafés, para luego decir que sí, que la mala suerte llegará un día en la forma de un beso sin creciente. Finalmente, una mañana, antes de salir a nuestra expedición,
él me regaló una mariposa de alas rojas y azules, atrapada en un frasco de
mermelada. Reconocí la traición. Tomé el frasco, lo abrí y dejé que la mariposa volara
hacia el río. Ahí seguramente estarían las tortugas esperando el mensaje. La
boca de la niña aún era virgen y lo sería hasta tanto ellas se resistieran a
aparecer.
Andrea


Con qué profundidad lográs Andrea meterte en ese delicado límite en el que se abandona la infancia y comienza la adolescencia. Ese mundo habitado por la curiosidad y el deseo. Hermoso texto.
ResponderSuprimirGraciela B
Pienso igual, Graciela. Andrea escribe con una profundidad inusual. Su vuelo es alto sin perder por ello el contacto, como decís, con la curiosidad y el deseo. Lástima que Andrea no escriba con más frecuencia en este blog o fuera de él. Pero bueno. Dicen que las tortugas son lentas pero finalmente llegan.
ResponderSuprimirL.