Ningún desierto está desierto. Ninguna caminata. Se pierden tal vez los caminantes pero no la caminata o el camino. Se borran las huellas pero no los pies que se hundieron en la arena. Y es así que las piernas cuelgan del aire como frutas inmaduras y bajan verticales hacia el suelo que se esconde como hueco sin olor. Moverse en esa niebla era difícil cuando un poco a desgano y otro poco sin pensar nos largamos por el borde sin borde del océano. El mar no tiene orillas, dijo la mujer. El mar no tiene orillas, confirmé.
L.
sábado, 10 de septiembre de 2011
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