Pocas cosas pueden hacerse ya sin interrupciones. Hablo de cosas tan básicas como ver una película o una obra de teatro, dar clases, conversar, escribir, ir al baño, leer, soñar, pensar en algo, hacer el amor. Nada del otro mundo. Son cosas sencillas como las que acabo de nombrar. Ya no es posible encarar en paz ninguna de ellas. En mi vecindario suenan de manera casi constante baterías de rock, sirenas de ambulancias o automóviles, celulares, gritos desesperados, radios, música a todo volumen, televisores y perros. No sé qué pensar. Supongo que la vida es eso o debe serlo. Ruidos, llantos y carcajadas. En el mundo se está instalando una nueva religión. El dios del trueno es la nueva divinidad. Ante ella casi todos se arrodillan. La interrupción es la marca de la época. ¿Por qué será? ¿Por qué tanto miedo al silencio y a sus colores tan intensos?
L.
jueves, 25 de agosto de 2011
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Es cierto. También yo vivo en una especie de coitus interruptus. Ojalá no me acostumbre nunca. Este blog me alivia un poco. Entro justamente para escuchar, al menos por instantes, cómo suena el silencio.
ResponderSuprimirM.
"Tom Jobim fue a visitar al maestro Vilalobos. El maestro estaba en su estudio, escribiendo sobre la tapa del piano, mientras en el resto de la casa había un griterío imposible. Jobim le preguntó cómo podía trabajar así. Vilalobos contestó: “El oído de afuera no tiene nada que ver con el oído de adentro”.
ResponderSuprimirTanto ruido externo para tapar los propios?
Coincido y comparto la molesta sensación. Ya no soporto los autos, los celulares ni la gente que habla a los gritos.
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