¿Y la virgen? La madre Isabel, una monja gorda y
morena que abrazaba como si quisiera asfixiar, hizo la pregunta. Ya habían
desfilado los pastores, los campesinos, algunos animales. Pero el personaje
principal no aparecía. Recuerdo que mi madre se había quedado despierta toda la
noche cosiendo el disfraz. La enorme tela azul había adquirido forma gracias a
sus manos. Incluso había hecho un bordado brillante para darle un toque místico
a la túnica. Sí, recuerdo a mi madre cortando, hilando, suspirando apenas cuando
la aguja se enterraba en alguno de sus dedos. Ser la virgen no estaba en mi
destino. Al menos no esa virgen muda, estática. Ese maniquí de virgen sometida.
Ya habían desfilado los pastores, los campesinos, algunos animales. Pero la
virgen que tanto buscaba la madre Isabel estaba en el jardín de la escuela
recogiendo flores de manzanilla, viendo por primera vez a un caracol deslizarse
por la corteza de un árbol.
Andrea
































