sábado 28 de enero de 2012


Dormir o despertar

Dormir de noche es una cosa. Pero dormir de día, mientras los demás intentan despertar y hacer algo, es una forma de complicidad. Cerrar los ojos ante el horror o la belleza, negarse al amor o al combate por un mundo más habitable, es formar parte del problema y no de la solución. Dormir de noche es comprensible. Pero dormir de día es una colaboración gratuita con el dolor y la angustia de tanta gente, tanto mundo, tanta naturaleza cruelmente desnaturalizada. Es o sería mejor, aunque no sirva para nada, abrir los ojos y, sí, despertar.
L.

Hermosa

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Intimidad

La felicidad, la tristeza, el amor, el sexo, las banales aventuras cotidianas. Nada de eso es tema para escribir y luego difundir ante la población. Vivir es algo que excluye la palabra escrita e incluso la oral. Lo autobiográfico está ahí y de una u otra forma es arrastrado en el acto de escribir o decir. Aparece por añadidura y no por intención. No hacer show de la intimidad. Dejar el periodismo para otros fines. No mostrar todo a todos. Por algo se empieza.
L.  

viernes 27 de enero de 2012


Desnudez

La fascinación que producen los cuerpos desnudos es explicable. No se trata de algo meramente ligado al erotismo, la pornografía o, más en general, al deseo sexual. Hay algo del orden del conocimiento, del fin del misterio, que se impone de manera sensual y prepotente en la desnudez humana. Detrás parece no haber ya nada. Lo visible se vuelve aún más visible y esa presencia o desocultamiento implica un acercamiento a la verdad. En un mundo tan dado al engaño y las máscaras el detalle no es menor. Lástima que una vez resuelto el misterio descubrimos que hay un más allá del desnudo que lo trasciende y se vuelve, nuevamente, inalcanzable.  

Guerras

Se puede vivir sin amor toda la vida. Se puede vivir sin comer aproximadamente un mes o dos. Pero no se puede vivir sin tomar agua. La sed no tiene cura. Por eso los videntes y estudiosos del futuro anticipan guerras por el agua durante este siglo. Recién después, añaden los que saben, volverán las guerras por amor.
L.

Con besos

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Afuera y adentro

Alguien nos convenció que afuera hay algo que podría salvarnos. ¿Afuera dónde? ¿Y salvarnos de qué? No importa. Salvarnos. Algo de afuera, no sé, un país, una mujer, un hombre, un perro, un shopping, una playa definida como paradisíaca. ¿Cómo será? No importa. Paradisíaca. Los budistas dicen en cambio que debemos buscar adentro. Que afuera no hay nada. Mirar hacia adentro. Eso dicen los budistas. Lo primero está muy cerca del consumo. El consumo convertido en objeto de deseo. A la larga eso no funciona. Lo segundo está muy cerca del narcisismo. Yo, yo y yo. A la larga eso tampoco funciona. Es entonces cuando un sale, mira un poco, se enamora, etcétera. Afuera y adentro. Adentro y afuera. Eso.
L.

Sin besos

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Libros muertos

Veo libros en una biblioteca ajena. Son cien, doscientos, diez mil. Muchos libros de una biblioteca ajena. Como es habitual en mí pienso oscuramente. Esos libros cerrados son muertos. Lo son mientras nadie los abra. Pienso en los autores. El tremendo esfuerzo que hicieron al escribirlos. La esperanza enorme que pusieron en la obra. De pronto, como si me sintiera un pequeño dios, resuelvo devolver la vida sólo a tres entre millares. Elijo al azar una antología de poemas de Paul Eluard (eres el agua apartada de los abismos), una novela de Juan Carlos Onetti (ella se dejó besar y abrió la boca) y un ensayo de Albert Camus. Este último está presidido por una frase que voy a dejar acá a modo de prueba y resurrección. No aspires a la vida inmortal. Agota el campo de lo posible. Vuelvo a cerrar los libros y a guardarlos donde estaban. Son lindos. Decoran el ambiente.
L.

jueves 26 de enero de 2012


Tentación del abandono

Muchos blogs amigos son abandonados por sus autores. No sé por qué será pero lo sospecho. Sostener un espacio como éste es casi una militancia. A veces escasean las visitas y ni qué decir de los comentarios. También nosotros pensamos a veces en suspender el viaje. Pero no lo hacemos por esa cosa entre suicida y vitalista que uno tiene. La tentación de abandonar un blog, una pareja, una carrera, un curso o un trabajo siempre está ahí. En terapia lo llaman pulsión de muerte. Y por ahí va la cosa. Soy favorable a la continuidad. No como quien se pone orejeras, a la manera de los caballos de tiro, y sigue adelante. Pero incluso esto último no sería despreciable. Seguir por el solo hecho de acabar una tarea iniciada. Así sólo fuera por eso. No abandonar. Persistir. Agotar la experiencia. Sé que esto suena a prosa de autoayuda. Pero es algo más que eso. El viejo lema de Gramsci lo resume mejor que yo. Pesimismo en la idea. Optimismo en la acción.
L.

Georgia




Cuando la saqué del hospital se puso más agresiva que de costumbre. La locura está afuera, dijo. Afuera pasaban los autos y Georgia llevó sus manos a la cara. Fue un gesto instintivo como cuando se tapaba los ojos o corría en la vereda. Sus hombros no soportaban el mundo. Un día me ofrecí a sacarla de los pabellones donde ni siquiera había cortinas en las duchas. Ella tenía una demencia indefinible y eso, no sé por qué, me atraía. Cuando tomaba sol hacía algo raro con los dedos. Como si tejiera o algo así. Cuando se hizo de noche señalé una estrella que, le dije,  está situada a cien años luz de la tierra. Eso quiere decir que tal vez no exista hoy. Estamos viendo el pasado, le expliqué. ¿Y cómo era yo hace cien años?, preguntó sin dejar de mirar el cielo. En ese tiempo ni siquiera habíamos nacido. Inesperadamente lloró de una manera oscura. Entonces la abracé como queriendo armar un refugio que la salvara del desastre. La locura está afuera, Georgia. Afuera.
L.

País de niebla

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Todos aspiramos a una vida sin problemas ni conflictos. Todo alegría, todo vodka, todo lindo. Soñamos con un estado de felicidad permanente, total e inoxidable. Pero en el fondo, atrás y adelante, sabemos que eso no es posible. Que la vida no sería tal, como la luna, sin su lado oscuro. Es la maldita contradicción la que empuja hacia adelante, la que nos mata y nos da vida al mismo tiempo.
L.

Invención

Vivir es inventar. Nada está hecho. Por eso hacemos el amor. Porque no está hecho. Por eso escribimos. Porque la literatura no existe. Y si existe no alcanza nunca a decir la última palabra. Qué lindo sería. Vivir poéticamente. Inventar. Pensar la vida como una obra de arte. La vida. Cada día. Cada instante. Éste.
L.

Alas de mar

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Animals



Algunos filósofos contemporáneos sostienen la teoría de que el hombre está recuperando su animalidad originaria. No dicen que ser animal es algo malo. Al contrario. Un pez o una gaviota serían incapaces de concebir un campo de exterminio, torturar, violar, bombardear poblaciones inermes, matar como diversión y demás bellezas conocidas. Esto último es muy humano. Hombres y mujeres son lo que son básicamente por estar dotados de lenguaje. Con el fin de la historia y el abandono progresivo de la palabra significante un retorno del hombre a la bestia es factible. En tal caso los bailes, los amores y los juegos humanos recuperarían su condición natural. Haríamos edificios y obras de arte así como los pájaros construyen sus nidos y las arañas tejen sus telas. Desaparecería el lenguaje, cosa que ya está ocurriendo con los mensajitos de celular, y sería sustituido por señales sonoras y mímicas comparables al lenguaje de las abejas. Desaparecerían no sólo la filosofía, que es amor a la sabiduría, sino la sabiduría misma. Hombres y mujeres, por fin, copularían como los perros y las perras en los caniles. Viviríamos, como los animales, aturdidos y en una suerte de eterno presente sin historia ni ficciones ni futuro. Dicho así todo esto parece una locura. Nunca se sabe. El retorno del hombre a la animalidad no aparece como una posibilidad futura sino como una certeza, sí, presente.
L.

miércoles 25 de enero de 2012


Mañana es mejor

El amor más interesante es, diría Fito Páez, el que nace o renace después del amor. Y así con todo. El sexo después del sexo, el trabajo después del trabajo, el viaje que empieza cuando termina el viaje, la clase que sigue a la clase. No voy a hablar de la vida después de la muerte porque de eso nadie sabe nada y el tema, además, aburre. Pero sí de la reescritura que sigue a la escritura, de la sensación de encanto o desencanto que nos deja una lectura, del vacío que queda en el cuerpo y el alma después de un beso o un abrazo. Lo mejor ocurre siempre después. Nunca antes.
L.

Sin escudos

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Escribir



No se escribe con el cuerpo ni con buenas historias. Tampoco con hechos puntuales, noticias, amores o ciudades. No se escribe con sentimientos, viajes o emociones de circunstancia o circuncisión. No se hace poesía con el diario abierto. Tampoco se escribe para contar lo que me pasó en el baño o el centro comercial. ¿Pero con qué se escribe si dejamos de lado esto, aquello y lo de más allá? La respuesta es fácil. Se escribe con palabras. 
L.
La foto de abajo encierra una idea. Lo principal permanece oculto.

Pensar

Pensar es peligroso. En primer lugar porque es casi la única actividad que nos diferencia de los animales, los vasos de plástico y la piedra pómez. En segundo lugar porque está el riesgo de llegar a conclusiones y, a través de ellas, producir cambios en nuestra vida. Eso es mal visto en general. Pensar sería, para no dar + vueltas, perder el tiempo. El pensamiento, como la duda, es la jactancia de los intelectuales. Esto último lo dijo un militar argentino, es decir, un hombre feliz. Los felices rechazan el pensamiento. Siempre hay cosas más divertidas como, no sé, tomar cerveza, viajar a España o comer algo rico en un restorán japonés. Recuerdo ahora, no sé por qué, a la filósofa contemporánea Hannah Árendt. Recuerdo que ella asistió al juicio que se le hiciera a Adolf Eichmann, criminal de guerra nazi, responsable por atrocidades masivas e inimaginables. No fue esto último lo que sorprendió a Hannah durante el proceso sino, como lo dijo ella misma, la incapacidad de pensar del acusado. Una persona que no piensa, así sea nuestra novia o nuestro mejor amigo, es, fuera de discusión, una persona peligrosa. Habrá que cuidarse.
L.

Do menor

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martes 24 de enero de 2012

Expulsados

Los expulsados del paraíso no son culpables. Ellos no hicieron nada. Ni siquiera sabían si estaban en el edén o el infierno. No podían diferenciar manzanas de serpientes. Y casi todo les daba lo mismo. Pero ni siquiera la indiferencia ante el mundo impidió que fueran expulsados. En el desierto no hay fuentes ni ángeles ni arpas. Sólo montañas de basura, gente común, y, un poco más allá, una luz en la ventana. Los expulsados del paraíso caminan lento. Son inseguros. No tienen ante quien arrodillarse. Pero, qué raro, no se arrodillan. No pierden la calma. Caminan sin esperanza y sin fe. Pero erguidos.
L.

Trineo

Lo que más recuerdo de mi adolescencia son los paseos en trineo con mi prima Natalia. Eso fue hace años en Kiyineff. Es una ciudad rusa ubicada seiscientos kilómetros al sur de Moscú. Por qué estaba allá es algo difícil de explicar. Natalia era mi prima y los dos tendríamos doce o trece años entonces. Yo dirigía el trineo, una especie de óvalo metálico con listones de madera. La pendiente era pronunciada. Natalia se abrazaba a mi cintura y reía fuerte con la boca bien abierta. Yo sentía el calor de sus brazos, de casi todo su cuerpo en realidad, y eso me confundía. La nieve golpeaba y mi corazón latía como siguiendo el ritmo de los caballos que se veían muy lejos. Es lo que más recuerdo de esa época. Natalia pegada a mi espalda. Sus pechos incipientes apretados contra mí. Después pasaron otras cosas, entre ellas el primer beso que me dio una mujer y el primer abandono, también, de una mujer. Pero eso no le interesa a nadie. Hoy la historia se resuelve en una serie de palabras inconexas. Kiyineff, trineo, risa, pechos, beso, nieve y abandono.
L.  

Sentir la vida

¿Cómo y cuándo nos sentimos vivos? La respuesta parece fácil pero no es. Leí por ahí que esa sensación, la de existencia plena, aparece ante todo cuando estamos inactivos, cuando no vamos hacia ningún lado, cuando nos sumergimos en estados de ocio o vacío, no sé, un domingo a la tarde. O un día de esos que no parecen agarrados a nada. Es o sería al revés de lo que habitualmente se piensa. Uno dice. En el mar o caminando por un bosque. Subiendo a una montaña. Haciendo el amor (que ya está hecho). Sintiendo el viento en la cara al andar en bicicleta. O bailando salsa. No. En esos momentos no sentimos nada justamente porque estamos ocupados en vivir. La vida aparece en todo su esplendor u oscuridad en estados de neutralidad o, peor, de pasividad. Y entonces vuelven las dudas conocidas. Quién soy. Para qué estoy aquí. Qué debo hacer o no hacer con mis horas. No son malas preguntas. De las respuestas dependen unas cuantas cosas, entre ellas, sentir la vida.
L. 

Lo incompleto

Aspiramos a completar todo. Pero no hay manera. Pura mitad, pura incompletud, siempre falta algo y ni siquiera sabemos qué. La verdad es media verdad, el orgasmo no llena del todo, los viajes no terminan de encantarnos. Y si nos encantan se acaban como todo. ¿Lo inacabado debería ser visto entonces como una desgracia? En absoluto y al contrario. Lo incompleto es la fuente de la existencia. Vivimos para completar. Pero, qué suerte, no completamos jamás.
L.

lunes 23 de enero de 2012

¿El amor completa?

A casi todo el mundo le encanta el amor pero nadie sabe decir qué es. Platón se preguntaba por qué hay hombres y mujeres. Y sostenía que en el origen había un solo ser que era el andrógino. Luego este último se dividió en dos. Supuestamente el amor sería la nostalgia que tenemos todos de volver al andrógino. O sea que cuando por ejemplo los hombres buscamos a una mujer lo que en realidad procuramos es a nuestro doble. Es como si mediante el vínculo quisiéramos completar la figura original. No creo que así sean las cosas. No lo creo para nada. El amor no completa. Surge, en todo caso, porque en un momento equis de la vida no aguantamos eso que se llama mismidad. Para decirlo más brutalmente. Nos aburrimos de nosotros mismos. Y por eso, perdón Platón, amamos.
L. 

Danza íntima

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¿Qué es madurar?

¿Qué significa madurar? ¿Dejar de decir tonterías y pasar a hablar del costo de las expensas comunes en el edificio? ¿Eso es madurar? ¿Abandonar la pelota en la playa por el cajero automático? ¿Eso es madurar? Llegan los grandes a un lugar donde hay niños y dicen, bueno, se acabó el juego. Hay que ir a comer y a dormir. Raramente los adultos se ponen a pensar que la dimensión infantil es tan importante, o más, que la dimensión adulta. Julio Cortázar, por dar un ejemplo, escribió lo que escribió, justamente, porque no maduró. Y Pablo Picasso, es sólo otro ejemplo, dijo una vez que volver a ser un niño le costó la vida entera. Llegamos al punto. Madurar es o sería recuperar el espíritu de infancia y hacer algo indefinible con eso.
L.  

Las manos del verano

Las manos del verano pueden acariciar y asfixiar al mismo tiempo. Son capaces de derretir cubos de hielo y convertirlos en sudor o en ríos o en mares. Las manos de verano pueden calentar los recuerdos apagados. Y es entonces cuando la vida entera se vuelve fogata y el problema, cabe aclarar, no es el incendio sino el tamaño de las llamas. El incendio ilumina el mundo. Pero cuando el tamaño supera al tamaño todo se vuelve más difícil, pasos en cámara lenta, algo que gotea entre los pelos del pubis, ojos que esperan noticias del cielo, es decir, vientos huracanados provenientes de los polos. Las manos del verano son peores que el mecano, un juego antiguo y raro que, aún así, arma burbujas de silencio en el desierto de los ruidos.
L.

Colombia vive

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Indolencia

Viajar para no viajar. Cerrar puertas y ventanas para verla. No moverse del lugar. Abrir la ducha. Cerrarla. Volver a abrirla. Leer el mismo libro de siempre. Sentir lo familiar lejos de la familia. Andar descalzo por los cuartos oscuros. Café, plátano y duraznos. Miedo al mundo. Curiosidad por el mundo. Viajar para quedarse en el lugar donde ella estira hacia arriba los dedos de las manos. Foto del río. Larga vigilia de ojos abiertos. Larga y amada indolencia.
L.

domingo 22 de enero de 2012

Sexo y verdad



Adán y Eva perdieron su Edén cuando mordieron la fruta del árbol del conocimiento. A partir del acto rebelde la desnudez y todo lo demás se volvió problemática para ellos. Agamben observa algo parecido en un cuadro de Tiziano, La ninfa y el pastor, donde se ve a una mujer desnuda junto a un campesino. Todo parece indicar que acaban de tener sexo, como se dice modernamente, y que ingresaron en un estado de vacío, de tedio, de nada. Agamben supone que luego del acto carnal los amantes pierden el misterio que tanto los atrajo. Pero lo que sigue es lo que importa. ¿Por qué? Porque lo que sigue es la verdad. Porque no se puede amar lo que se ignora.
L.

Lo evidente



Lo evidente es lo más dudoso. Las certezas cotidianas, las enseñanzas de la abuela, lo que dice medio mundo. Eso, justamente, porque lo dice medio mundo y es tan evidente, debería ser puesto en duda y mirado con sospecha. No la sospecha del resentido o del que tiende a un pensamiento conspirativo y casi patológico. Lo que se cuestiona aquí es lo considerado obvio, lo común, lo de todos los días. Lo que se pone en duda es aquello sobre lo que nadie discute, justamente, por ser indiscutible y claro. Algunos le temen a esta postura y se inclinan por aceptar las cosas como parece que son. Tomar distancia de lo obvio, en cambio, es iniciar un pensamiento que puede poner el mundo entero patas para arriba. Como quien se pierde en los caminos del bosque y ya no puede regresar. Las consecuencias de esta actitud suelen ser fatales. Quizás acabemos mudándonos de casa y de país. O cambiando de pareja y oficio. O naciendo de nuevo. ¿Y quién quiere nacer de nuevo? ¿Quién?
L.

Experiencias



Cenábamos anoche con Laura y apareció el tema de las experiencias. Acordamos antes darle ese nombre, experiencias, a acontecimientos decisivos de nuestras vidas. Por si no se entendió. El tema no eran los viajes o las fiestas o los eventos salientes en los días de cada cual. Tampoco el primer beso, la primera relación sexual, el conocimiento de la muerte o el trabajo inicial. Hablábamos de experiencias en el sentido de iluminación. Ese instante que es todos los instantes, o, dicho de otro modo, lo que ocurre una vez y ya no tiene regreso. Laura mencionó dos o tres cosas, entre ellas, algo vivido hace unos diez años en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias. Yo seis o siete, entre ellas, un episodio que empezó accidentalmente con un intercambio de mails. Luego continuamos cenando y, agotado el asunto al menos en parte, fuimos a dormir.
L.

sábado 21 de enero de 2012

El día más feliz

Hay preguntas que no debieran ser formuladas. Entre otras cosas porque no tienen respuesta. Mis alumnos de periodismo, imitando las entrevistas que leen en los diarios o ven por televisión, suelen hacerlas con frecuencia. Y las hacen porque nunca fallan. ¿Cuando te sentiste escritor por primera vez? ¿Alguna anécdota de tus viajes por el mundo? ¿En que país te gustaría vivir? ¿Qué comida te gusta más? ¿Cuál fue el día más feliz de tu vida? Esta última puede responderse. Adriana Calcanhoto hizo una canción que habla de eso. Empieza así. El día en que fui más feliz vi un avión reflejarse en tus ojos hasta desaparecer. Creo que dice algo así. Habla de una despedida. Ahora que lo pienso la pregunta no tiene sentido. Salvo que se responda con aviones y miradas. Desoladora respuesta. El día más feliz no existe.
L

La unión

Paso la mano sobre la sábana que sigue las ondulaciones de su cuerpo aún dormido. La mano sigue la suave irregularidad del terreno, las arrugas de la tela que no son las de la piel tensa y desmayada, casi inmóvil, apenas agitada levemente por la respiración y cierto movimiento autónomo de los pies lejanos. Baja y sube y resbala esa mano sin rumbo ni motivo por una extensión que bien podría ser un campo o, también, la piel del mar, es decir, una superficie con puntas y hondonadas en estado de desesperación. De pronto, porque siempre hay un de pronto, ella despierta de un sueño largo que luego contará entre bostezos pero que ahora se convierte en la unión efímera de dos cuerpos enredados. Hasta la mano desaparece en la confusión como si nada hubiera pasado en el lugar de los hechos.
L.

viernes 20 de enero de 2012

La separación

Tanto la esperé. Tanto. Ya no sé si fue un mes o dos. Pero cuando la vi en el aeropuerto entendí que todo había terminado. No sé si fue el peinado o la voz. Porque hasta la voz era distinta. Pero de ningún modo era la mujer que conocí hace tres años en la terminal de buses. Eso fue, si no recuerdo mal, en Guatavita o Barichara. Ni por asomo era la joven de gestos insinuantes, caderas anchas y escote hasta el ombligo que una tarde se acercó sin vacilar. Me había consultado sobre alojamientos, artesanías o algo así. Insisto. No sé si fue el peinado, los comentarios que hizo, el beso frío que me dio. Me dijo que durante su ausencia había pensado en lo nuestro. Esas palabras usó. Lo nuestro. No puedo negar que me molestó. Y después los anillos, los afeites importados, la blusa llena de mariposas. No era la misma mujer que me escribía mails encendidos hace tres inviernos. Tantas cremas, tanto collar, tantísimos colgantes. Se había convertido en una especie de puta de albañal. No sé qué decir. La acompañé al taxi, le dije chau con la mano y encaré el regreso. Ninguna separación es perfecta. Pero la hora llega para todos.
L.

Blog existencial

Esto es un manifiesto. En este blog no nos interesa nada que no sea la existencia misma. Nada significa nada, es decir, no nos importa la cultura como adorno, el amor como poesía estúpida, las frases trascendentales, el arte idealizado, la literatura también idealizada o recreada o citada, ningún dios endiosado interesa acá. Tampoco el cuerpo convertido en el centro del universo. Esto es un manifiesto. Y este blog es existencial. Nos importa la vida de esa mujer que espera toda la noche que el hombre que la abandonó, y se fue a Italia, le escriba al menos un mail. Nos atrapa la soledad y la falsa compañía, la angustia sin nombre, la felicidad que no tiene vergüenza de sí misma, en fin, esas cosas que no le importan a nadie. La espuma de los días, la del café, la del esperma, la noche que se cierra sobre todos. El día que promete y no cumple. Esto es un manifiesto. Ningún poema, ningún periodismo, ningún cinismo. O sí. Una sola. La de no entender esto que pasa y nos mata y aún así nos da la vida.
L.

Palabra I

Una palabra podría salvarnos para siempre. Una sola. Bastaría pronunciarla un día bajo la ducha o en el parque. No es difícil. Es una palabra y podría salvarnos la vida. Lo sabemos perfectamente y, para colmo, no tenemos dudas sobre palabra es esa. Por alguna razón desconocida no podemos o no queremos decirla. La lengua se traba en la boca humedecida. Algo nos frena. Tenemos miedo del torrente imparable que podría desatarse como consecuencia de lo que podríamos decir. No resulta fácil de creer. Una palabra podría darnos, ella sola, todo lo que nos falta. Pero nos replegamos, callamos, silbamos bajito, nos damos vuelta en la cama y, sí, nos dormimos.
L. 

Palabra II

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Lo peor es tratar de ser lo que no se es. Eso es lo peor. Hacerse el culto o el inculto, tratar de ser gracioso, inteligente, lúcido. Esto o aquello. No funciona. A la larga fracasa. Ser nomás. Ahí va mejor. Pero, claro, no limitarse a eso.
L.